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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Lázaro, yo y una estupidez

Hace un rato me avisaron que en el diario del señor Lázaro Báez, “Prensa Libre”, escribieron sobre mí. Así que me fijé y encontré el texto “Cuando La Nación también miente”, en el que alguien escribió que el diario y yo habríamos "inducido a abogados para realizar denuncias en medio de la campaña electoral y adquirido documentación reservada de manos de funcionarios del Gobierno nacional” (el texto completo, acá).

¿Qué sostiene ese artículo?
-          Que yo “habría recibido información calificada y reservada por parte de Eduardo De Simone, vocero de la titular del Banco Central”;
-          Que yo “habría inducido a un estudio de abogados a denunciar al grupo empresario de Santa Cruz, para luego escribir al respecto en el diario”;
-          Que el abogado denunciante, “Sánchez Kalbermatten, reconociera que quien le suministró copia de los estados contables de Austral” fui yo.  
-          Que “cierta información a la que accedió el periodista del diario porteño es privada y confidencial, y para acceder a ella hay requerimientos formales que de ninguna manera” hice.
-         Que dado que el vocero del BCRA me pasó esa info (comunicaciones secretas sobre Lázaro y su grupo por lavado), yo la “adquirí” de manera “irregular”.
-         Y que el diario para el cual trabajo y yo, en particular, vamos “contra el más básico manual de ética periodística”; entre otros puntos.

Visto lo cual, sólo diré que se trata de una estupidez.

¿Por qué?
1.      No hablo de mis fuentes periodísticas, pero en este caso creo que vale clarificar tres puntos:
-          Al vocero jefe del BCRA lo conozco, sí, pero lamento avisarles a los muchachos que no es amigo, informante, fuente o topo;
-          Al abogado Sánchez Kalbermatten ni lo conozco, no lo he visto en mi vida, jamás intercambié mails o llamadas o mensajes de texto con él, y ni siquiera tengo sus datos de contacto. Así que mucho menos pude haberle pasado información. Y un detallecito: ese letrado no necesitaba que yo le pasara los artículos que se publicaron en el diario. Le bastaba con comprar un par de ejemplares y recortar los textos donde aludo a esos balances (ver acá, acá y acá, entre otros) o, más sencillo y gratis, imprimirlos de Internet.
-          Sobre eso de que “adquirí” la info: yo no compro información. Nunca, bajo ninguna circunstancia. Decenas de personas durante los últimos quince años pueden atestiguarlo cada vez que los saqué carpiendo cuando me la ofrecieron. Pero eso sí: busco y busco y busco hasta que, a veces (y a pesar de los "cepos" como en la IGJ) la consigo. De eso se trata el periodismo, ¿no?


2.      Lo que sí me queda claro es que:
-          Les está doliendo lo que comienza a salir a la luz;
-          No tienen mis teléfonos y mails pinchados (si no, no habrían errado por tanto los tiros; están más desorientados que Adán en el Día de la Madre);
-          ¡No tienen idea cómo trabajo y cómo consigo la información, incluso cuando es secreta (basta con recordar lo que he revelado sobre la unidad antilavado, fraudes corporativos, bancos piratas, narcotraficantes, cuentas bancarias y registros societarios en paraísos fiscales alrededor del mundo, etcétera)!

Y, por último, muchachos, si tenían una duda sobre mí o sobre cómo trabajo, no tenían que esforzarse demasiado. Bastaba con que le consultaran al vocero del señor Baez, quien sí me conoce desde hace más años que el vocero del BCRA y con quien tengo una respetuosa relación.

Volvamos, pues, a nuestra programación habitual.

pd: no deja de ser llamativo que Báez se tire contra la titular del BCRA, cuando ella nombró como asesor y abogado ultra-senior en la entidad a Nicolás Guzmán, que ahora patrocina en el sector privado y en sede penal (caso Fariña) a... Báez. 

viernes, 5 de abril de 2013

Los Simpson & Pablo Bruera = un solo corazón

Cuando dicen que la verdad supera la ficción, es 100% cierto.

Todos los platenses hemos vivido durante estos días situaciones que si las viéramos en una película diríamos que el director derrapó y el guionista se fumó un cañón.

Pues bien, aquí tienen la "precuela" del intendente Pablo Bruera, quien estaba pero no estaba en La Plata porque estaba o no estaba en Brasil en una visita oficial que no era tan oficial (ya verán).

Protagonizada por el alcalde de Springfield. Para ustedes:



pd: gracias Pancho por el hallazgo.

jueves, 4 de abril de 2013

Gracias, platenses, por tanto

Noche de sensaciones cruzadas. Estoy cansado tras dos días de ayudar a limpiar la casa de mis padres; dos días en los que vi a qué extremos llega la solidaridad de tantos y tantos que te tienden la mano sin esperar nada a cambio, pero en los que apenas vi UN camión de la Municipalidad, nadie de Defensa Civil. Es cierto que los barrios por los que me moví no fueron los más afectados, pero tampoco de los que menos. 

Y me banco que los funcionarios nacionales, provinciales y municipales se llenen la boca de palabras huecas, pero no perdonaré jamás que el intendente haya tratado de tomarme de idiota. Porque sí, lo tomo de manera PERSONAL. Bruera, INTENTASTE MENTIRME. Y si no te hubiera pescado un colega, nunca habrías borrado ese tweet. 

Tampoco olvidaré que mientras personas anónimas ayudaban a otros sin siquiera saber sus nombres, los únicos policías que vi debajo de sus patrulleros estaban CHARLANDO ENTRE ELLOS, sin dar bola al drama que los rodeaba. 

Pero aún así, y lejos de irme a dormir con un sabor amargo, me voy repleto de agradecimiento y del amor al prójimo que me rodea, de aquellos que sin más te abren un boliche para que comas algo con tus viejos, que perdieron casi todo lo que tenían en la planta baja, que te abren una veterinaria para que busques algo para un perro, que agarran la ropa de otros para lavarla en sus casas, de amigos que se llevan a los pibes de otros a sus casas a dormir, de tipos que caminan una hora para ver si una familia amiga está bien porque los teléfonos no funcionan. 

Y me quedo con eso. 

GRACIAS por tanto. 

Porque mientras un IMBÉCIL miente desde Brasil (porque sí, Bruera, sos un imbécil que deberías renunciar si tuvieras dignidad), miles de platenses mostraron porqué esta ciudad, La Plata, es una ciudad digna de ser vivida. 

¡GRACIAS!

viernes, 16 de octubre de 2009

De Jaime Bayly a Enrique Iglesias

El más que peculiar escritor Jaime Bayly sorprendió al hemisferio allá por enero de 2008 cuando publicó en el diario peruano El Correo una crónica contundente. A lo largo de unas cuantas líneas, pintó a Alejandro Antonini como un antichavista furioso, casi golpista, con el que Bayly conversó cerca de seis años antes y hasta implicó al cantante Enrique Iglesias.

A continuación, su crónica y un video. Al final, mis comentarios aclaratorios (dudo si no reemplazarlo "aclaratorios" por "descalificatorios"... en fin).

Textual:
"Eran los primeros días del 2002, invierno en Key Biscayne, si podemos llamar invierno a unos días espléndidos, a pleno sol. Yo vivía en una casa en la calle Caribbean, una casa amarilla, de un piso, una de las más antiguas de la isla. Estaba obsesionado con escribir una novela que titulé El huracán lleva tu nombre. Me pasaba la noche escribiendo, escuchando los maullidos de los gatos y los chispazos de las regaderas que se encendían automáticamente. Cuando me daba hambre, subía a la bicicleta y pedaleaba hasta el Seven Eleven.
Una noche, bajando de la bicicleta en el Seven Eleven, un hombre alto y obeso me dijo:
-¿Qué ha sido de tu vida, que ya no te veo en televisión?
Le conté que me había retirado de la televisión de Miami, dado que mi último programa había sido cancelado, los ejecutivos de esa cadena acusándome de ser “demasiado intelectual y marica para los mexicanos de California”. El hombre apretó un botón que desactivó la alarma de su Mercedes del año, deportivo, color gris. Sentí que, al apretar ese botón, había experimentado una alegría rotunda, definitiva, una forma de alegría que siempre me sería esquiva.
Para mi sorpresa, me preguntó dónde vivía.
-En Caribbean road, cerca del Sonesta -le dije.
-Yo tengo un hotel al lado del Sonesta -me dijo.
-¿El Silver Sands? -pregunté.
-Es mío -dijo.
-Hombre, te felicito -dije.
-Te invito mañana para que veas unas cabañas frente al mar que te pueden interesar -me dijo.
Sacó su billetera y me dio su tarjeta.
-Llámame -me dijo-. Tienes que ver las cabañas frente al mar. Son del carajo. Enrique Iglesias viene de vez en cuando con sus amigas.
Luego subió a su auto. Miré la tarjeta. Decía: Guido Antonini Wilson. Al día siguiente, lo llamé. No tenía ganas de verlo, pero me intrigaba conocer las cabañas en las que Enrique Iglesias hacía travesuras. Lo traté de Guido, un nombre extraño en cualquier caso. Me dijo que pasaría a buscarme al final de la tarde. El señor Antonini vino a buscarme en un auto distinto del que había usado la noche anterior. Era un Mercedes grande, cuatro puertas, azul oscuro. Al subir, sentí ese olor a nuevo que conservan los autos recién salidos del concesionario.
Llegando al hotel, me condujo a su oficina. Se sentó en un escritorio y me dijo que ese hotel era de su mujer, de la familia de su mujer, pero que él lo administraba como si fuera suyo y yo era bienvenido cuando quisiera. No me quedó claro (esas cosas nunca quedan claras) si me estaba diciendo que no me cobraría en caso de que me quedase en su hotel.
Poco después caminamos hasta las cabañas con vista al mar. Quedé horrorizado con la decoración.
-Son perfectas para escribir -mentí.
Antes de irnos, le pregunté cuál era la cabaña en la que Enrique se escondía con sus amigas. Me llevó a la cabaña africana, atigrada, con pieles de animales y colmillos de elefantes, y dijo, señalando la cama:
-Aquí ha culeado Enrique Iglesias.
Luego añadió:
-Cuando quieras, puedes venir.
-Muchas gracias -dije.
-Para mí será un honor recibirte -dijo.
No quedó claro si el honor al que aludía me exoneraba de pagar por la cabaña. Al subir a su auto, pensé que me llevaría a casa. Me equivoqué. Guido me dijo que su mujer estaba ansiosa por conocerme. No me preguntó si yo sentía ansias recíprocas.
Vivía en un departamento del Grand Bay, con todos los lujos previsibles. Recorrimos medio departamento sin que su mujer diese señales de vida. Al pasar por la cocina, una empleada dijo que la señora estaba en la lavandería. En efecto, allí mismo estaba. La señora Jacqueline era agradable y distinguida, aunque no necesariamente guapa. Me saludó con afecto distante, como quien saluda a alguien que inspira, a la vez, curiosidad y temor.
-No me pierdo tus programas -me dijo.
No sentí que estuviera ansiosa por conocerme. Sentí que estaba ansiosa por seguir ordenando la ropa con la maniática minuciosidad de una millonaria aburrida. Guido me llevó a su biblioteca. Digo que era una biblioteca porque así la llamó él, no porque hubiese libros. Se sentó en su escritorio, me ofreció un trago, le dije que no bebía alcohol, puso cara de espanto, me invitó agua mineral y se sirvió un whisky.
Por fin hablamos de política.
Me dijo que Chávez era una desgracia, que había instaurado un régimen autoritario y corrupto, que los amigotes de Chávez estaban haciéndose muy ricos, que no se podía hacer dinero a no ser que fueras socio del régimen. Me contó que era amigo de Carlos Andrés Pérez, que hablaban a menudo, que Carlos Andrés estaba en Santo Domingo, pero venía con frecuencia a Miami. Le dije que conocía a Carlos Andrés, que lo había entrevistado el año 97 o 98. Cogió el teléfono, llamó a Carlos Andrés y le dijo que estaba conmigo. Me dio sus saludos. Le dijo que cuando viniera a Miami, teníamos que juntarnos los tres “para hablar de política”.
Hablaron de cosas que no entendí y cortó.
Mi amigo Guido se sirvió otro trago y me dijo:
-Chávez no va a durar. Va a caer pronto. Lo vamos a tumbar.
Le dije que eso sería difícil, dado que los militares lo apoyaban y muchos de sus compañeros de promoción ocupaban puestos claves.
-Acuérdate de mí -insistió-. A Chávez lo tumbamos. Va a terminar en la cárcel.
Pensé que estaba fanfarroneando, que quería hacer alarde de su poder y sus conexiones.
Poco después me llevó a la cochera del edificio y me mostró su colección de autos de lujo: Hummers, Ferraris, Lamborghinis, Mercedes.
-Cuando quieras, te presto uno de estos para que lleves a tus hijas a Orlando -me sorprendió.
Yo le había contado que en pocos días llegarían mis hijas y nos iríamos a Disney.
-Muchas gracias, pero no me animo -le dije.
-Anda en la Hummer -insistió.
-¿Y si choco? -le dije.
-No pasa nada -dijo-. Todos están asegurados.
-Pero el seguro no te cubre si yo manejo -dije.
-No vas a chocar -dijo-. Y si chocas, decimos que yo estaba manejando.
Tras esa exhibición de su riqueza, el señor Antonini me llevó a mi vieja casa amarilla, construida en 1953.
-Llámame cuando lleguen tus hijas -me dijo.
Una semana después, mis hijas llegaron y les conté que había conocido a un extraño magnate venezolano que me había enseñado su colección de autos de lujo y me había ofrecido uno de ellos para irnos a Disney.
-No voy a llamarlo -dije.
-¡Estás loco! -me dijeron-. ¡Llámalo!
-¿Y si es un millonario tramposo perseguido por la justicia?
-¡No importa! ¡Llámalo!
A pesar de mis temores, lo llamé. No contestó. Dejé un mensaje. No llamó de vuelta. Llamé dos o tres veces más. Dejé mensajes. No llamó. Unos meses después, en abril, leí que le habían dado un golpe a Chávez. Me acordé de mi amigo Guido, de sus enfáticas palabras: “Chávez no va a durar. Lo vamos a tumbar”.
Lo llamé para preguntarle qué estaba pasando en Caracas. No contestó. No volví a verlo más, hasta una mañana, cinco años después, en que abrí un periódico en Buenos Aires y ví la foto de ese raro gordo bonachón, acusado de ser “el hombre de la valija”, el misterioso pasajero que llegó en un vuelo privado desde Caracas y quiso introducir ilegalmente un maletín con ochocientos mil dólares en efectivo.
Lo primero que pensé fue: Suerte que no me prestó su Hummer para ir a Disney. Lo siguiente que me dije fue: ¿Pero este gordo no estaba conspirando contra Chávez? Luego me imaginé a su esposa ordenando la ropa minuciosamente en la lavandería del apartamento de lujo, odiándolo en silencio.

Aclaraciones varias:
1. Lástima que el señor Bayly olvidó aclarar que narró un bonito cuento, no hechos reales. El "realismo mágico" es eso: literatura. No periodismo.
2. Para ser más claro: nunca nadie logró verificar un solo dato que lanzó Bayly.
3. Para ser más claro aún: nunca Bayly demostró nada de lo que contó. Ni mostró la tarjeta que dijo tener de Antonini, ni detalló donde queda el supuesto hotel de Antonini, ni nada de nada.
4. Aún así, Bayly huyó hacia adelante. Ámbito Financiero lo titularía con un "Poco serio I".