viernes, 29 de octubre de 2010

Yo no celebro su muerte

El email era celebratorio. Jubiloso. Hiriente. “¡Al fin se murió este [insulto]!”. Y lanzaba una serie de comentarios pretenciosamente cómplices, en la suposición de que, dado que investigué al ex presidente Néstor Kirchner y a su todo su entorno, yo lo consideraba un “rival” o, incluso, un “enemigo”. Ergo, yo debería saltar de felicidad ante su muerte.

Error.

Está claro que Kirchner cometió muchos errores, pudo comportarse como un perverso -como alguna vez lo caracterizó una opositora sagaz-, y pudo gustar más o menos, pero nunca, ni por asomo, encarnó el mal.

¿Cómo podemos regocijarnos en la muerte de alguien? ¿Qué dice de sí mismo quien desea algo así, como décadas atrás se pintó “viva el cáncer” ante el largo padecer de Evita?

Hubo una época en la que se hablaba de la “amistad social”. Esto es, que no todos los argentinos, ni todos los que habitan nuestra patria, son mis amigos. Pero por esa “amistad social”, me alegro o cuanto menos tolero cuando me encuentro con ellos. Son mis coterráneos, son mis compatriotas.

Con quien tropieza o llora comparto la condición humana, que está llena de luces y de sombras. La muerte de cualquiera debe despertar piedad, compasión. O, siquiera, un silencio respetuoso, que lleva al ser humano a descubrirse.

Respetar el dolor ajeno es una mera cuestión de empatía humana. Por alguien que muere, suele haber alguien que sufre. Y es obvio que muchos sufrieron la muerte de Néstor Kirchner. Su esposa, la Presidenta, sus hijos, sus familiares, sus amigos, sus colaboradores, sus aliados, decenas de miles que pasaron por allí para despedirlo y millones más que lo vieron –y lloraron- por televisión.

Se trata, además, de un ex Presidente de la Nación, electo y revalidado por las urnas. Y, más allá de lo que se le pueda enrostrar –lo investigué y volvería a investigarlo-, fue un mandatario aceptable. No fue el ideal, claro, pero tampoco el peor, ni mucho menos sanguinario, como sí los hubo en esa misma Casa Rosada. Por el contrario, sólo por haber sido electo por los votos, debo caracterizarlo, como mínimo, como “aceptable”.

¿Podríamos estar mejor? Sí. Pero también muchísimo peor. Kirchner recuperó la autoridad presidencial tras el colapso sistémico de 2001/2002, sostuvo y fortaleció la recuperación económica, renegoció la deuda externa, renovó la Corte Suprema y fijó los Derechos Humanos como política de Estado, entre otros puntos salientes de su gestión.

¿Debilidades? Las tuvo, claro. Capitalismo de amigos, vaciamiento de las instituciones que debían controlar al Ejecutivo, corrupción, estadísticas retocadas, inflación, reescritura (parcializada) de la historia –cuando no su invención lisa y llana-, y un estilo divisivo, por momentos agresivo y humillante, de gobernar.

Todo eso –y más-, positivo y negativo, se repasará cuando se evalúen sus 7 años y medio como protagonista excluyente de la vida argentina. Pero hay límites que no deben cruzarse. Si alguna vez él cruzó esos límites, quedará en su “debe”. Pero eso no habilita a quienes lo sobreviven, a incurrir en el mismo error.

Celebrar el dolor ajeno define del modo más intolerante a quien esboza la sonrisa, no así al muerto que procura descansar en paz. Y expone con crudeza a muchos opositores que sólo pueden definirse a sí mismos en contraposición a un rival que, para peor, ya ni siquiera está en el ring.

Para que quede claro: todos sus errores -y eventuales delitos- no quedan atrás, ni deben olvidarse, por su muerte. No. Lo investigué, lo volvería a investigar e investigaré a su entorno como hasta ahora. Es parte de mi trabajo. Punto.

Pero aquellos que celebran la muerte de un ex Presidente de la democracia olvidan una realidad. Pese a las complejas antinomias que revivió con su verba y su acción o incluso aquellas que él generó -y que pueden causar daños durante largos años-, hoy, la Argentina es un mejor país que cuando él, Néstor Kirchner, tomó las riendas en mayo de 2003.

jueves, 28 de octubre de 2010

El Presidente que vino del frío

Publicado en LA NACIÓN:

El líder que recuperó la autoridad presidencial

Llegó desde la Patagonia tras la crisis económica y fue protagonista excluyente de los últimos siete años de la vida del país

Néstor Kirchner, el hombre que manejó las riendas del país durante los últimos siete años, falleció ayer. Perseverante y obsesivo, recuperó la autoridad presidencial, exánime tras la crisis de 2001/2002, con un estilo confrontativo, basado en la recuperación económica del país y la selección de enemigos, incluso entre sus viejos aliados.


Su ejercicio confrontativo del poder -que incluyó diatribas contra el Fondo Monetario Internacional, las Fuerzas Armadas, el campo, la Iglesia, los empresarios y, por último, la prensa, entre otros- desgastó su salud. En 2004, padeció una gastroduodenitis hemorrágica; en 2005, tras la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, que lo enfrentó con el presidente George W. Bush, tuvo dolores en el pecho, y en 2006, se desmayó.

Tuvo grandes logros. El primero, la renovación de la Corte Suprema de Justicia, de la que erradicó la lamentable "mayoría automática". El segundo, la consolidación de la recuperación económica que había comenzado a mediados de 2002, durante la presidencia interina de Eduardo Duhalde.

Su práctica del poder también incluyó un desafío mayúsculo: intentar diluir al peronismo en un proyecto más amplio que primero tomó la forma de la "transversalidad" y, luego, de la "concertación" con el radicalismo, lo que no le impidió retornar -cuando rompió lanzas con Julio Cobos- al PJ más tradicional, con los barones del conurbano, Hugo Moyano y los gobernadores del interior.

Su estilo -que le granjeó seguidores tan fervorosos como opositores enconados- mutó por otro más sanguíneo cuando Cristina Fernández lo sucedió en la Casa Rosada. Se convirtió entonces en el poder detrás del poder. Pero mantuvo inalterable su ritmo de trabajo, que sus colaboradores definían como "agotador" o hasta "desenfrenado".

En febrero y en septiembre de este año sumó más percances de salud. Pero dos días después del último, participó de otro acto proselitista. Será velado, hoy, pero no en el Congreso, como a los anteriores presidentes, sino en la Casa Rosada, símbolo del poder presidencialista que bregó por reconstruir.

pd: el resto del texto, acá.

martes, 26 de octubre de 2010

Se vino la segunda (solicitada)

Preso en Florida y luego en Texas desde diciembre de 2007, el empresario venezolano Franklin Durán busca su destino.

¿Será en Venezuela? ¿Será con o sin empresa propia? ¿Con Venoco expropiada? ¿Con indemnización o sin ella, al menos, por lo que le toca al enemigo de la Revolución Bolivariana (al decir de Hugo Chávez), Carlos Kauffmann?

Esto es lo último que Durán dejó saber:

De allí surge algo interesante: aunque a él le expropiaron una empresa, afirma que no es él quien debe decir si se trata de algo "merecido" o "inmerecido". Pero si no opina él, ¿quién?

Queda claro, pues, que quiere evitar por todos los medios una pelea con el gobierno de Venezuela. Ergo, indemnización en puerta.

¿Será jugosa hasta el disparate, como aquella que cobró el holding Techint por Sidor?