Mi recuerdo de aquel día es sencillo y sabroso. Un helado. Simple, ¿no? Con un aderezo: de una heladería de apellido sintomático: Massera. Nada menos.
Mucho se ha escrito y dicho, y se escribirá y dirá sobre los 30 años desde el retorno de la democracia a la República Argentina. Algunos textos son extraordinarios, como también lo son esfuerzos programáticos como la Red de Archivos Orales de la Argentina Contemporánea (ver, acá), así que prefiero reducir mi visión a eso: un helado.
Era chico, 9 años, segundo de cinco hermanos varones y familia de clase media a la que le salía un presupuesto, digamos, comprar facturas para un domingo por la tarde. Claro: con una docena no llegabas ni a dos por cabeza si contabas a los viejos.
La cuestión es que ese día, papá quería que fuera una pequeña gran fiesta. Que recordáramos ese día para siempre. Porque era único, aunque para nosotros, los pibes, fuera uno más. Mucho había pasado en nuestro país, en nuestra ciudad, en nuestra familia y a mis padres. Pero de eso me enteraría con el correr de los años.
Así que, con todo eso a cuestas, el viejo nos llevó a la escuela de 7 y 32 de la ciudad de La Plata, donde le tocaba votar. Entramos con él al cuarto oscuro (y sí, yo también creí que estaba a oscuras y con la pregunta obvia: ¿cómo hacías para agarrar la boleta correcta? ¿A tientas?), salimos, metió su voto en la urna y saludó a todas las autoridades de mesa.
Recuerdo, vaya a saber por qué, que a mí también se me ocurrió saludar a todos. Les di la mano. Y, como él, yo también repetí "gracias" mientras los saludaba.
Lo mejor para nosotros, los pibes, estaba por comenzar. Porque de allí nos fuimos a una cuadra, a 7 a 33, a la heladería. La de apellido lúgubre (hasta donde sé, los dueños nada tienen que ver). Cada uno un cucurucho. Un esfuerzo para el viejo; un recuerdo imborrable para la banda.
Hoy, 30 años después, la verdad no sé si mi padre se emocionó cuando metió su voto en la urna. Creo que, como tantas otras veces, la procesión por los que ya no estaban y por todo lo vivido le pasó por dentro. Pero no lo sé. En cambio, sí sé que desde entonces, cada vez que yo salgo del cuarto oscuro y meto mi voto en la urna, siento la imperiosa necesidad de agradecerle a cada una de las autoridades de mesa. Por estar allí y por lo que encarnan. Y sí, todas las veces que lo hago, me emociono.
Obvio, nuestra democracia arrastra enormes tareas pendientes, pero hemos avanzado muchísimo, con vaivenes y contramarchas, durante estos 30 años. Así que GRACIAS a tod@s l@s que cada día se han puesto las pilas, se han jugado el pellejo y sacrificado hasta lo indecible durante estas décadas.Y por todo lo alcanzado, sigamos.
pd: y mientras avanzamos, por favor, que el mío sea de chocolate y naranja.
Hace ya muchos años, investigué para el diario LA NACIÓN el "maletinazo" de los gobiernos de Argentina y Venezuela. El resultado fue "Los secretos de la valija" y este blog. Estas páginas tomaron luego su propio rumbo, centradas en la corrupción y el lavado, y en los muchachos con maletines repletos de dinero, los "valijeros". Y de allí "Las coimas del gigante alemán", "La máquina de hacer billetes", "La Piñata" y "La Raíz". Pero la trama continúa...
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miércoles, 30 de octubre de 2013
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