
Seoane expone en el derrotero de Perrotta lo que Nicolás Maquiavelo advirtió en El Príncipe hace casi 500 años: que quien cambia de bandos corre el riesgo de terminar en ninguno. Y así, que a quienes deja atrás lo considerarán un traidor y sus nuevos aliados, un advenedizo. Ésa fue la tragedia de Perrotta, ese "contrasentido", como lo definió su ex jefe de redacción,
El resultado fue su múltiple negación: por los periodistas que trabajaban para él, que no lo consideraban uno de ellos; por los empresarios, que lo repudiaron por ventilar sus infidencias, más aún tras conocer sus vínculos con la guerrilla; por los gremialistas, que a menudo veían en él sólo a "un señor burgués"; por el ERP, que lo consideró no un cuadro o militante sino "periferia" y lo entregó durante un interrogatorio; por el conglomerado de medios locales e internacionales, que ignoró su desaparición; y hasta por otros detenidos, "tal vez por su origen social", recuerda una sobreviviente del centro clandestino Pozo de Banfield. "Sé que nadie quería compartir calabazo con él por esto."
Perrotta, en suma, jugó con fuego hasta quemarse. Y perder su activo más precioso, aquel por el que "era": El Cronista Comercial. Ese que lo llevó a sentirse impune, a afirmar que "en la Argentina hay 200 tipos intocables, y uno soy yo". Así, el enigma de Perrotta no radica "en su muerte, sino en su vida". Que sintetiza y encarna, como pocos, el complejísimo enigma de la argentinidad.
pd: la reseña completa publicada en ADN, acá.