- "Necesitamos rigor, seriedad y ejemplaridad en todos
los sentidos. Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas,
tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento
ejemplar";
- "Cuando se producen conductas irregulares que no se
ajustan a la legalidad o la ética es natural que la sociedad reaccione"; y
- "Afortunadamente, vivimos en un Estado de derecho, y
cualquier actuación censurable deberá ser juzgada y sancionada con arreglo a la ley. La justicia es igual
para todos".
Tres frases, apenas, del 36° discurso navideño del rey Juan Carlos de
España, marcado por las sospechas de corrupción que rodean a su yerno Iñaki, el Duque de Palma, al
punto de darle su apellido al escándalo: “el caso Urdangarín”.
Y no, no necesito que me recuerden las flaquezas de este
Rey. Viví en España y mantengo lazos, muchos, por aquellas tierras. Y porque
conozco alguno de esos puntos débiles de la Casa Real es que este
discurso, en tiempos aciagos, se torna aún más valioso. Porque de eso trata el
verdadero liderazgo.
